¿Por qué los hombres “deberían” y las mujeres “depende”?

¿Por qué los hombres “deberían” y las mujeres “depende”?

¿Ha pensado alguna vez que los protagonistas masculinos llevan una carga de la que son conscientes y responsables desde la infancia? No es que la quieran a toda costa... porque ¿quién querría hoy en día responsabilidades ilimitadas, dado que la tendencia revela la posibilidad de vivir más pacíficamente, con un “bajo perfil” reconfortante o incluso “colgando”, de muchas maneras, de una pareja? La verdad es que, aparte de la herencia genética (ya sabe, la historia de los cromosomas, hormonas específicas, etc.), existe una concepción ya extendida, según la cual el hombre “debe” ser el jefe familia, motor de la sociedad y, por último pero no menos importante, un símbolo de las batallas por cualquier cosa.

En la familia tradicional, los chicos son tratados de manera un poco diferente que las chicas: pueden jugar juegos francamente peligrosos, se les permite un comportamiento más atrevido y no están tan mimados frente a los posibles peligros. ¿Por qué? Porque, instintivamente, cada madre prepara a su hijo para el papel que tendrá “cuando crezca”, es decir, el de líder, defensor de quienes lo rodean y garante de su estabilidad, perpetuando así un estilo educativo y de comportamiento heredado de generación en generación...

No pasa lo mismo en el caso de las jóvenes señoritas, que están mucho más protegidas desde su infancia, los padres los tratan con expresiones de afecto tan sensibles como sea posible, siendo “guiadas” hacia juegos “pacíficos”, con el sabor de un cuento de hadas o matrimonio y la preocupación por la apariencia se anima a niveles a veces obsesivos.

Si las diferencias en los genes y cromosomas son claras e imprimen las características de género, la sociedad contribuye a fortalecer estas características, forzando a los hombres a un “deber” perpetuo, que la mayoría asume voluntariamente, mientras que a las mujeres se les permite vivir una gama más amplia de emociones, elecciones y decisiones. Una responsabilidad ligeramente mayor se registra sólo en el caso de la maternidad, donde la mujer a menudo toma el control.

Es interesante ver cómo los dos sexos se relacionan entre sí en términos de “debería” y “depende”. Es una relación compleja, a veces ambigua, con prejuicios de todo tipo, según el nivel de educación, el estado y el poder financiero o incluso el temperamento u otros intereses pequeños.

A nivel de pareja, hay casos excepcionales en que ambos cónyuges cambian sus roles, aunque los hombres pueden recurrir a consejos ahora obsoletos, como: la mujer “debe” cocinar, garantizar el confort doméstico, ser dócil, comprensiva, cálida, acogedora y afectuosa... Saben en sus corazones que este “deber” es tan eufemístico, que a menudo parece una broma. Y ella, la mujer, explorará sin cesar este inefable, delicado y milagroso cromosoma de la feminidad, para reforzar sus reservas de “dependencia”, de relativo, de ambigüedad, de estado mental oscilante, de sensibilización del cónyuge por fragilidad, a pesar de que sus acciones son usualmente frívolas y dramáticas.

Paradójicamente, las mujeres son más fuertes, precisamente porque saben que siempre pueden recurrir a la reserva de “depende” y no se sienten abrumadas por la carga de la responsabilidad, mientras que los hombres, que están constantemente luchando para demostrar que son dignos de las expectativas impuestas, están expuestos, con frecuencia, a fallas y, por último pero no menos importante, a la erosión.

El milagro existencial ocurre cuando los dos “deben” y “depende” se funden en la armonía del sentimiento de amor, donde las fronteras se entremezclan, se desvanecen y generan, sin conflicto, lo que podría llamarse... el sentido de la vida.